Hacía tiempo que venía bromeando con el tema y hoy sucedió. Como si fuera una profecía autocumplida. Sí, hoy viernes a las cinco de la tarde, en el gym que está a la vuelta de casa. Me caí de la cinta mientras estaba trotando. Si hubiera estado corriendo, el desastre hubiera sido mayor, pero la saqué barata. Por suerte había muy poca gente a esa hora, (por la vergüenza que me dio) y el golpe fue apenas un chichón en la rodilla. Pude agarrarme con una mano y amortiguar la caída, pero imagínense, casi dos metros desparramados (despatarrados) por el piso… ¿Y cómo te pudo pasar?, se preguntarán ustedes… y cómo no podía ser de otra forma, el móvil… Estaba yo trotando liviano, pensando en muchas cosas; en las fiestas, en la crisis, en lo flojo de las ventas, en las entregas de los pedidos para el fin de semana, en lo que todavía me falta comprar para llevar a mis pagos y muchas cosas más, y de golpe sonó. Sí, el móvil comenzó a sonar y calculo que el cerebro se taró. Sí, porque no sabía que hacer primero; si dejar de trotar, si dejar de pensar, si bajar la velocidad de la cinta, si atender el móvil o hacer todo a la vez. Mientras tanto seguía trotando. En mi cerebro había una voz que decía “estás corriendo en el mismo lugar, trata de mantener el equilibrio y hacer todo a su debido momento”. Así fue que mis manos en un ir y venir (orden y contraorden), y ahí, tal vez sin querer, un dedo rozó el botón del STOP y no hubo equilibrio que me salvara. La inercia me llevo hacia delante y de ahí al suelo en segundos, con la mano derecha agarrada a uno de los caños laterales.
Al instante, se acercó la monitora y me ayudó a levantarme, me preguntó si me sentía bien, le dije que sí, que solo había sido un resbalón. Ahora tengo la rodilla un poco hinchada y a punto de ponerse morada, pero nada grave. Nada que un poco de hielo no puedo solucionar. Y el móvil siguió sonando hasta que se cansó. No me enteré quién era, menos mal, lo hubiera enviado a la casa de su abuelita a hablar por teléfono…
Al instante, se acercó la monitora y me ayudó a levantarme, me preguntó si me sentía bien, le dije que sí, que solo había sido un resbalón. Ahora tengo la rodilla un poco hinchada y a punto de ponerse morada, pero nada grave. Nada que un poco de hielo no puedo solucionar. Y el móvil siguió sonando hasta que se cansó. No me enteré quién era, menos mal, lo hubiera enviado a la casa de su abuelita a hablar por teléfono…