Cuando nos levantábamos, comíamos la sandía fría, con esa pulpa roja media arenosa, sus semillas negras y ese jugo que te chorreaba por todos lados y te dejaba todo pegajoso. Tengo que reconocer que era un placer, después de levantarse medio atontado por el calor, comerse un rebanada de sandía fresca, los cuatro sentados en el patio a la sombra, luego sí, cada uno con sus actividades, mi madre a la cocina, mi padre al taller mecánico de a la vuelta de casa y nosotros a jugar.
Teníamos prohibido comer sandía y después ir a la pileta de Carina, la vecina, nos decían que se podía endurecer en el estómago y ahí nomás nos quedábamos fritos. Nunca supe si era verdad o mentira, pero por la dudas nunca lo puse en práctica.
Y el domingo a la tarde, se repetía el ritual con la otra mitad que había quedado.
En fin, recuerdos de aquellos buenos viejos tiempos.
¡Cómo cambió todo y tan radicalmente, que hoy, hasta las sandías vienen cuadradas! Sí, miren la foto y si no me creen, péguense una vuelta por la verdulería que está a media cuadra de la plaza Chueca, sobre la calle de Barbieri, en pleno centro de Madrid y después me cuentan.